Gondolero solidario en la crisis tras el huracán

Paola Nieves Rivera
Reportero Digital Puerto Rico

A siete meses del huracán María, un joven de Río Grande relató el dilema de la falta de mercancía y la ausencia de energía eléctrica en su pueblo, donde conoce de primera mano la desesperación de muchos residentes.

Dos días después del paso del huracán, William Rivera Peluyera se reportó al supermercado donde labora como gondolero. La impresión que le causó al ver tantos alimentos deteriorados fue de gran tristeza, pues solo pensaba en aquellos que lo habían perdido todo y no tenían nada para comer.

En el negocio comenzaron de inmediato los trabajos de limpieza y disposición adecuada de los artículos dañados con el fin de proteger a los clientes, empleados y al propio establecimiento. Después de tomar las debidas medidas sanitarias, se procedió con la reposición de los productos en sus respectivos espacios, narró el gondolero.

Según Rivera Peluyera, allí las filas eran interminables y la administración del Supermercado Econo tuvo que implantar normas para garantizar la seguridad de los empleados y de los ciudadanos en general, esto debido a la actitud agresiva de muchos de ellos.

Los empujones e insultos fueron la orden del día. No faltó algunos que quisieran pasarse de listos y colarse a los demás, pero nadie estaba dispuesto a dejar que esto ocurriera y hubo, incluso, hasta peleas en donde la intervención de la policía fue necesaria para restablecer el orden y calmar los ánimos, explicó Rivera Peluyera.

“Fue impresionante ver tantas personas haciendo las filas con sus caras de desesperación para entrar al supermercado. El guardia de seguridad tuvo que pasarlos de 25 en 25 de manera de poder controlar a la multitud y en un intento por tranquilizarlos, aunque todos los esfuerzos parecían en vano ya que las personas, desde que llegaban mostraban su actitud de impaciencia y poca tolerancia”, comentó.

Para todo el personal, fue algo nunca antes visto, ya que no estaban acostumbrados a recibir tantos clientes de forma simultánea, sobre todo personas de edad avanzada. Sin embargo, por la ubicación del supermercado, muy cerca centro del pueblo en Río Grande, muchos llegaban al comercio.

Rivera Peluyera recordó incluso que llegaron personas de otros municipios al enterarse, por medio de familiares residentes en el pueblo, que en su establecimiento había servicio de ATH y sistema para aceptar la Tarjeta de la Familia.

Esos días, la conmoción, las lágrimas y las gotas de sudor no faltaban en las largas filas de espera para comprar alimentos. La inquietud de la gente aumentaba sobre todo por incertidumbre de no encontrar aquello que necesitaban.

“Mientras ayudaba a repartir hielo, pude ver a un anciano que construyó un carrito de madera como si fuera una carretilla de los que usaban los niños para jugar. Él lo armó porque no tenía fuerzas para levantar las pesadas bolsas de hielo y productos ya que los carros de compras estaban siempre inaccesibles”, recordó el gondolero.

“Fue un gran impacto para mí ya que pensé en cómo esa persona cuya edad era el doble de la mía se las ingenió para poder transportar sus artículos en la emergencia. Algo que para muchos de nosotros hubiera sido un problema sin saber cómo íbamos a cargar nuestras compras.”, agregó.

Contrario a muchos de los clientes del supermercado, Rivera Peluyera dijo que no sufrió grandes pérdidas materiales en su hogar a excepción de enseres eléctricos como la nevera y l lavadora.

Sin embargo, el hecho de trabajar en un supermercado le permitió poder suplir a su familia víveres sin que tuvieran tantos problemas para obtenerlos. Además, narró que pudo ayudar a la mayoría de sus vecinos repartiéndoles hielo, agua y comida enlata. Esto le permitió estrechar lazos de amistad con ellos ya que muchos solo saludaban ocasionalmente.

“Parecíamos una cooperativa ya que el que tenía la facilidad de conseguir algún artículo le traía a los demás, como gasolina, baterías, hielo u otros.”, añadió Rivera Peluyera.
Aunque actualmente no cuenta con servicio de energía eléctrica y hay fallos en las telecomunicaciones, vive satisfecho porque cumplió con su trabajo y también ayudó a su comunidad en la repartición de productos de primera necesidad en los tiempos de mayor crisis.

Rivera Peluyera concluyó que situaciones como estas son las que permiten que las personas crezcan y demuestren su lado humanitario y solidaridad con otros.